Relato · 23 min
El sello
Roma se ha marchado, pero Gaius continúa esperando al funcionario que debe convertirlo en aquello para lo que se ha preparado toda su vida.
Llevaba un rato centrado en la misma línea del manuscrito. Sus ojos seguían mirándolo, pero ya no leían. Ni siquiera pestañeaban.
Su mente llevaba toda la tarde dispersa y, ahora que la luz que iluminaba la mesa era la de las velas, se había marchado definitivamente a otro lugar.
A mediodía, en lugar de comer, se había acercado a los límites del vicus, cerca de la intersección de las calzadas que llevaban a la villa, un lugar concurrido tiempo atrás, pero que ahora no lo era tanto. Hacía dos semanas que el maestro funcionario debería haber regresado. Él solo podía esperar.
El golpe al abrirse la puerta debía de haberle sobresaltado, sin embargo él se mantuvo con la mirada fija en el texto.
—¡Gaius! —gritó el joven que acababa de entrar sin haber sido invitado—. ¡Vuelve, Gaius!
Solo consiguió su atención cuando le tapó los ojos con la mano. Se giró despacio, mostrándole una cara de mejillas hundidas y barba descuidada.
—¡Por los dioses, Gaius! ¿Cuánto tiempo llevas así?
Miró a su alrededor. No podía saberlo. ¿Cuándo fue?
—Vamos, tienes que cambiar de aires… Hace tiempo que no vienes a echar unos tragos en torno a una partida de tali.
—¿Titus? —habló al fin, aún confundido.
—¡Ave, Gaius! ¡Por fin te comunicas con los vivos!
—Nunca hablo con muertos… —Intentó regresar a su manuscrito, pero Titus se lo arrebató.
—Quien escribiera esto te aseguro que ya cruzó el último río… Y ¿qué es todo aquello?
Titus señaló los documentos y tablillas cubiertos de trazos que se amontonaban en el suelo.
—Práctica.
—¿A eso te has estado dedicando?
—Solo por las mañanas. A estas horas mi pulso no es tan bueno y leo.
—Eso se acabó por hoy, amigo mío. ¡A beber!
—No. Hoy no puedo.
—Sí puedes, lo que ocurre es que no quieres. Aemilia también estará y sabes, si es que guardas aún recuerdos de tu adolescencia, que no suele hacerlo…
Gaius lo miró como si hubiera dicho lo más absurdo que pudiera pronunciarse.
Agarró el texto sin que Titus opusiera resistencia y regresó a su lectura.
—¿Por qué te esfuerzas tanto en esto? —no respondió, no por descortesía, sino por ausencia espiritual—. No va a volver… Igual que hicieron los otros.
Titus esperó unos instantes, pero pronto vio que no podría convencerlo. Salió de la casa y cerró dando un portazo que Gaius ni oyó.
Gaius cogió una de las tablillas y la agitó levemente para destrabar la otra que venía unida a esta de entre lo que ya no eran solo documentos y tablillas, sino cualquier cosa que llegara a las cercanías de su mesa.
Las cerró para comprobar que no se había deformado la unión y las volvió a abrir. Tomó su estilo de hueso y pasó su parte plana por las líneas trazadas, quién sabe cuándo, para alisar la capa de cera y volver a utilizarla.
—No imaginas lo que ocurrió ayer.
No sabía cuándo había entrado Titus ni, mucho menos, que tenía en casa aún vino. ¿Se lo había servido él? Sus recuerdos se mezclaban con sus pensamientos. No podía estar seguro ni de que la persona sentada frente a él fuera real o un engaño de un dios bromista que disfrutaba atormentándolo.
—¿Ayer?
—Sí. Vine inmediatamente a contártelo, pero te encontré durmiendo junto al hogar sobre una de esas tablillas.
Gaius saltó como un resorte al oír que una de sus tablillas había pasado la noche junto al fuego. La localizó y se lamentó hacia sus adentros. Estaba completamente deformada.
Resignado, volvió a la mesa.
—El viejo me ha nombrado su heredero.
—¿El viejo? ¿El centurión? Eso es… ¿maravilloso?
—Realmente estás desconectado del mundo que te rodea. ¡Claro que lo es!
Titus apuró su bebida, dejó la copa con un golpe sobre la mesa y se levantó para hablar haciendo aspavientos mientras caminaba por la estancia.
—Es mi futuro… La oportunidad de estabilidad, de familia… ¡de vida!
Gaius sonrió sinceramente.
—¿Por qué no vienes conmigo? Es grande, hay mucho que hacer.
Gaius cambió el semblante. Titus adivinó su pensamiento.
—¿Todavía? Gaius, han pasado…
—¡Lo sé! Pero tengo que seguir.
Titus miró a su amigo con mezcla de comprensión y lamento.
—Aún no es efectivo. Primero tiene que dejarnos el viejo y ojalá sea lo más tarde posible, no malinterpretes mi entusiasmo. Hay tiempo.
Gaius agradeció para sí la deferencia de su amigo.
—¿La habéis registrado?
—¿Registrado? ¿A qué te refieres?
—A la promesa. ¿Tenéis el documento sellado?
—No tenemos ningún documento, pero todo el mundo lo sabe ya. No es por ahondar en la herida de tu aislamiento, pero eres el último en saberlo.
—Entonces no es legal.
—¡Cómo no va a ser legal!
—Necesitáis el sello del funcionario.
—¿De qué funcionario? —Titus abrió los ojos al caer en la cuenta—. ¿Tu funcionario? No estás en tus cabales. Tanto estudio te ha dejado el cerebro como una letrina.
—Titus, lo digo por tu bien. Sin el sello, Roma no lo aceptará.
—Pero… ¿No puedes hacerlo tú?
—¿Yo? Aún soy un estudiante nada más. Lo mejor es esperar al funcionario. Será lo primero que le pida que haga, te lo prometo.
Titus se acercó a Gaius y, con solemnidad, le golpeó la frente con el pulgar.
—¿Qué ha sido eso? —se quejó mientras se frotaba el lugar del golpe.
—Es una promesa.
Aemilia vio cómo Titus salía de casa de Gaius. Solo se cruzaron miradas, pero eso le bastó para comprender.
Llegó a su puerta y llamó, pero no esperó respuesta. Él nunca respondía.
Entró e inmediatamente comenzó una reprimenda fuerte pero afectuosa.
—¡Gaius Aemilius! —Su tono era alto, pero no llegaba a ser un grito—. ¿Es posible que puedas sobrevivir en este estado?
Aemilia puso un paquete envuelto sobre la mesa y comenzó a retirar las gruesas telas que cubrían las ventanas, dejando entrar la luz limpia de la mañana.
Las dejó dobladas en la cama y se sentó sobre su orilla mirando a Gaius, quien aún no parecía haberse dado cuenta de su presencia.
—¡Ah! Hola, Aemilia.
Aemilia se sorprendió y se alegró de haberse equivocado. Puede que fuera su presencia la que lo sacó de su trance habitual o puede que fuera el daño que habían recibido sus ojos al aumentar la intensidad lumínica de la habitación, pero la había percibido.
—¿Tú también me odias?
La frase le hizo cambiar el gesto. No pretendía empezar directamente tocando el tema, pero Gaius no sabía de preparativos. ¿Le importaba algo? Ella conocía la respuesta, aunque no la dijera.
—He visto a Titus salir de tu casa ahora mismo.
—Por eso lo digo.
—Por supuesto que no te odio, Gaius.
Aemilia se levantó y se acercó a él. No levantó la mirada y se dejó mesar el cabello en un mal intento de ordenar aquellas greñas.
—Desde que el viejo centurión descansa junto a la calzada, Titus ha estado a cargo de todo lo suyo, pero no puede firmar nada… incluso tiene miedo a pernoctar allí porque alguien le ha metido en la cabeza que en cualquier momento Roma se puede presentar para enviarlo a galeras.
—¡Galeras! Yo no dije eso.
—Es lo que él me ha contado. Sí, es un exagerado y tiene la cabeza llena de ilusiones, pero entiéndelo… Gaius, es tu amigo. Si no fuera por mí, tu único amigo. Llevas tanto tiempo encerrado en tus estudios, esperando una oportunidad que nunca llega, que parece que vivas en otro vicus… no, en otro mundo.
—Lo entiendo, Aemilia. Sin embargo, la ley… Si no actuamos conforme a la ley, ¿qué nos queda? Ya no vienen soldados, casi no llegan caravanas y las que vienen muchas veces no son romanas. Si nos saltamos la ley, viviremos en un mundo en el que se actúe conforme a la fuerza que cada cual pueda demostrar.
—Quizás, si salieras de casa y apartaras la vista por un tiempo de tus escritos y tus tablillas, verías cómo son tus vecinos en realidad. ¡Te lo estás perdiendo todo, Gaius!
—¿Qué me estoy perdiendo? Yo soy… esto. —Extendió el brazo para señalar todos sus manuscritos—. Todo lo que necesito está en ellos.
Aemilia apartó la mano de su cabeza. Hizo un ademán de volverla a poner, pero rechazó la idea. Se dirigió a la salida, aunque antes se detuvo una última vez.
—Cómetelo antes de que se enfríe… Te durará dos días si lo administras, aunque… bueno, sé que te gusta mucho.
Gaius vio entonces el paquete sobre su mesa y pronunció un agradecimiento que Aemilia ya no oyó.
La reunión, establecida originalmente junto a la tumba del viejo centurión, se trasladó al almacén por la lluvia. En medio de aquel lugar, entre cajas, ánforas y un modesto carro en reparación, los principales del vicus aguardaban entre conversaciones insustanciales, como preludio a lo que iba a ocurrir.
Aemilia y Titus esperaban a Gaius en la puerta, ambos bien cubiertos por sus túnicas; no así Gaius, quien apareció empapado.
—¡Gaius! —exclamó Aemilia—. ¿Cómo has salido así de casa?
Gaius se secó la cara con un brazo, pero el agua seguía cayéndole desde la cabeza.
—No me di cuenta de que estaba lloviendo…
Aemilia hizo un gesto de negación y lo instó a entrar. Allí, Titus ya tenía preparada una tela que le sirviera para secarse.
—Ya estamos todos —habló el más viejo de los presentes—. ¿Es necesario que diga por qué nos hemos reunido hoy?
Nadie respondió, aceptando así que no lo era. Todos miraron a Gaius, que estaba terminando de secarse.
—Yo… puedo añadirlo en el acta cuando la escriba.
—De acuerdo —prosiguió el viejo—. ¿Estamos todos de acuerdo en que Titus Marcellus, aquí presente, tome posesión de su maestro?
Todos asintieron.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
De nuevo, todas las miradas se centraron en Gaius.
—Titus estaría infringiendo la ley…
—¡Pero el viejo me la entregó! —protestó.
—Eso no bastará para los funcionarios de Roma… cuando vuelvan.
—¡No van a volver! —gritó a punto de perder el control—. Ya es suficiente, Gaius… ¿Hasta cuándo vas a seguir con lo mismo? Roma nos ha abandonado.
Gaius sintió cómo su cara se ponía de color cada vez más rojo. El contraste con la humedad y la tensión de sentirse solo en su defensa de la ley le hacían sentir muy mal. No quería estar allí.
—La ley… Yo solo digo eso.
Titus quiso responder, pero otro de los principales le interrumpió.
—¿El problema es un documento sellado por un funcionario romano?
—En suma… así es.
—Bien, ¿por qué no lo sellas tú?
Gaius sintió el impulso repentino de gritar ante aquella afrenta. El funcionariado era el resultado de un esfuerzo prolongado de años de preparación y sacrificios. ¿Qué sentido habría tenido todo? Y ¿qué le diría a su maestro cuando regresara?
—¿Yo? Yo no soy funcionario… aún —respondió calmado, pero con los puños apretados.
—Ni lo serás… —murmuró Titus. Aemilia le echó una mirada de desaprobación, pero él no la vio.
Titus ahogó sus ganas de golpear a Gaius y se fue mascullando maldiciones. Aemilia amagó con seguirlo, pero decidió intentar algo más.
—¿No podría firmarlo alguno de los presentes? —preguntó tímidamente.
Todos se miraron, pero ninguno dio el paso. Lo de la desaparición de Roma no era oficial. Era cierto que habían pasado ya meses sin noticias, solo rumores acrecentados, eso sí, por la ausencia de carruajes, soldados y funcionarios. Sin embargo, ninguno estaba dispuesto a perder lo poco que tuviera contraviniendo la ley.
—Esto es un problema que deben resolver los funcionarios —habló el más viejo de nuevo—. Hasta entonces, aunque Titus haya ocupado las tierras del viejo centurión, no nos arriesgaremos a que pueda obtener algún beneficio.
La lluvia amainó y el consejo de los principales se disolvió. Quedaron Gaius y Aemilia, en silencio un buen rato.
—Gaius… —habló finalmente Aemilia—. Titus y yo…
—Lo sé y me alegro mucho. Siempre pensé que acabaríais juntos.
Aemilia lo miró estupefacta. ¿Hasta aquel punto seguía sin enterarse? Lo dio por imposible.
—Gracias —dijo forzando la voz—. Sé que al final harás lo necesario.
—No sería correcto…
Aemilia le arregló el cabello, que había quedado de punta y desordenado después de secarse, con tres pases rápidos de su mano y se despidió de él.
El río cercano bajaba ahora con la mitad del caudal. Las cortas noches y el fuerte calor eran solo una excusa más para el aislamiento de Gaius y las visitas cada vez eran menores.
Para el exterior, él seguía encerrado en sus textos legales, pero la realidad mostraba a un joven echado permanentemente sobre su mesa, trazando dibujos sin sentido en una tablilla.
Ya sabía todo lo que debía saber. Estaba preparado, pero su momento no llegaba.
La casa del viejo centurión había sido clausurada. Alguien que decía ser su pariente reclamó su herencia, por lo que la misma quedó en suspenso hasta poder aclarar la situación. No así las tierras. El visitante no tenía intención de trabajar gratis y Titus no estaba dispuesto a dejar que se echaran a perder, así que las seguía trabajando con la cercana compañía de Aemilia.
Gaius llegó a la villa que le indicaron. Estaba en el borde exterior del vicus, alejada del resto y de acceso muy complicado, pues nadie se había ocupado en décadas de limpiar la vegetación de la zona. En su momento fue la villa más lujosa de la región, pero, cuando se demostró que su propietario, un famoso comerciante de sal y otras especias, se había enriquecido mediante actos ilegales, la villa y su entorno cayó en desgracia y ya nadie la ocupó.
Hasta aquel día.
Los principales ya se habían reunido frente a la casa. Con ellos estaban algunos de sus hijos, formando un número de personas inquietante.
Gaius estuvo cerca de retroceder, pero aquello era algo que tenía que afrontar. Echaba de menos el apoyo de una mirada o simplemente de una presencia amiga, aunque él no conseguía identificar ese sentimiento.
Cuando se unió al grupo, llamaron a la puerta.
Al abrirse apareció una joven mujer que aún estaba ajustándose la gran fíbula que sostenía su capa. Gaius se sorprendió. No era aquella mujer diferente de las que poblaban el vicus y, sin embargo, no era igual. Quizás fuera su vestimenta, la capa tan corta y, sobre todo, aquella fíbula enorme y trabajada; o podía ser el trenzado de su peinado, tan alejado de la sobriedad de los recogidos de las mujeres romanas.
—Ave, mujer. Nos gustaría hablar con tu responsable inmediatamente —habló el más viejo de los principales.
La mujer había entrado en pánico desde el momento en el que vio a tantos hombres rodeando la entrada. Intentó responder, pero torpemente. Las palabras no le salían o no las pronunciaba correctamente.
—Ruego disculpen a esta joven, no habla su idioma con fluidez. Me llamo Wulfila, soy el reiks de este grupo.
Quien habló era un hombre de aspecto rudo y con una gran barba desatendida. No era el aspecto de alguien respetable, sino el de quien está acostumbrado a dormir donde le encuentre la noche, y eso lo indicaba claramente su vestimenta.
—¿Bracae? —susurró uno de los hijos de los principales para el resto al ver los pantalones que llevaba bajo una túnica demasiado corta.
El murmullo se transformó en ruido y el viejo tuvo que silenciarlos.
Gaius conocía la prenda, pero nadie debería llevarla.
—Señor Wulfila —habló el viejo—, venimos a informarle de que su presencia y la de su grupo no es bienvenida en nuestro vicus. Esta no es manera de asentarse en una población funcional y la ley así lo dicta.
Gaius se vio de pronto empujado junto al viejo y ante aquel hombre que seguía siendo una incógnita para él.
—Sí… La ley… Las tierras no… no son suyas. Están bajo la influencia del vicus.
Wulfila se mesó la barba. No perdió ni un ápice del talante afable con el que los recibió.
—¿Qué ley es esa que mencionas, joven…?
—Gaius. Me llamo Gaius. Es la ley romana, señor Wulfila.
—Comprendo, pero venimos de hacer un viaje muy largo y penoso atravesando la Galia. Este es el primer lugar decente en el que asentarnos todos nosotros, quién sabe si un año o una vida —Se giró para señalar el interior. Varios hombres de aspecto similar los miraban fijamente—. Y, sobre esa ley… Hemos decidido no acatarla.
Nadie dijo nada.
La conversación finalizó ahí. Wulfila volvió al interior y la joven cerró la puerta.
Gaius no dormía bien. La escena con aquel godo le había revuelto por dentro más que a ningún otro. El resto del vicus había renunciado a cualquier tipo de reacción; decidieron asumir su presencia y seguir con sus vidas. No había nada que pudieran hacer.
Hacía tiempo que no practicaba sus trazos en las tablillas. En su lugar, dedicaba las mañanas a pasear por la calzada, sin advertir que ya no ofrecía la seguridad que recordaba.
Él no veía el peligro, solo miraba adonde la calzada iniciaba una bajada pronunciada, esperando que en algún momento apareciera un carro, un soldado… Apenas algunos transeúntes. Viajeros provenientes de la Galia vestidos como Wulfila y la mujer. Hablaban gótico y pasaban junto a él sin tomarlo en cuenta siquiera.
Cuando Aemilia llamó a la puerta, no esperaba que Gaius la fuera a abrir. En lugar de entrar sin más, esperó a que Gaius los invitara a hacerlo, a ella y a Titus, que la acompañaba.
—Aemilia, Titus. Ha pasado tiempo…
—Titus no respondió, solo echó un vistazo a su alrededor mientras Aemilia hablaba con tacto.
—Gaius, ¿qué ha ocurrido aquí?
Había mucho desorden, pero no el desorden acostumbrado, el de una persona que solo vive para el estudio, sino el de alguien que ha dejado de esforzarse y que se dedica a dejar pasar los días sin otro objetivo que el de ver llegar la noche.
—¿Queréis tomar algo? Tengo vino.
Aemilia fue a contestar, pero Titus se le adelantó después de agacharse a investigar una de las tablillas que estaban tiradas junto al fuego.
—No es una visita de cortesía, Gaius.
Aemilia bajó un poco la cabeza y buscó un hueco donde sentarse sobre la cama.
—Los godos —Titus apretó los puños—. Los godos tienen sus casas.
Gaius se apoyó en pie sobre la mesa, más para sostenerse que para descansar.
—No son suyas…
—Y ¿qué importa eso si no se los puede echar?
Gaius habría respondido que los soldados se encargarían cuando regresaran, pero ni él mismo confiaba en que eso fuera a ocurrir.
—¿Qué puedo hacer yo?
—Gaius —interrumpió ahora Aemilia—, los principales te han dado reconocimiento de facto… Tememos que lleguen a ocupar la casa.
—¿Por qué ellos pueden y nosotros no?
Gaius sabía que su respuesta no llevaría a nada bueno. Ellos no podían tampoco, ¿era tan difícil de entender?
—A veces el orden se demora… Que ellos hayan cruzado ese límite no debe hacer que nosotros también lo hagamos.
—¡De qué sirven las leyes si solo unos las guardan! ¡Quiero mi casa, Gaius!
Titus se echó sobre él. La mesa se venció.
—¡Alto, Titus! —gritó Aemilia.
Titus la miró con rabia y luego volvió a mirar a Gaius, que se encogió, por miedo a lo que acababa de comprender. Titus notó cómo las lágrimas cubrían su mirada. Se levantó y se marchó.
Aemilia se acercó a Gaius rápidamente. Esa velocidad fue la que provocó que Gaius hiciera un gesto de temor. Ella se detuvo, consternada, y, lentamente, abandonó la casa.
Gaius analizó los documentos que le acababa de entregar uno de los principales. Estaban escritos en un latín demasiado vulgar, carente de cualquier tecnicismo legal, improvisado, y no guardaban el formato básico que deberían.
—Estos documentos no son legales.
—Es lo que les dijimos, sin embargo, ellos declaran que los ha sellado uno de los suyos y que, por tanto, para ellos son legales.
—No pueden tomar posesión de aquellas tierras sin más, solo porque hayan plantado en un texto un sello sin reconocimiento.
—Ahí estamos equivocados, Gaius. Es válido.
—¿Válido para quién?
—Para ellos.
—Eso es como si yo dijera que mi casa es un vicus independiente porque tiene mi reconocimiento. Es absurdo.
—Tú eres solo uno, Gaius, ellos ya son casi tantos como nosotros… Hemos decidido aceptarlo también.
—¿En base a qué?
—A la convivencia.
Gaius miró de nuevo los documentos. Ahora sus manos temblaban. Se levantó de la silla inquieto, yendo y viniendo por la habitación sin saber qué hacer ni cómo encontrar consuelo.
—¿Qué… qué queréis de mí, entonces?
El principal hizo una breve pausa.
—Que lo selles tú también.
—¿Qué sentido tendría hacer eso? Ya está sellado, ¿no?
—Sería muy bueno para todos que intentáramos crear un equilibrio entre los dos pueblos. Es una medida de integración, de reconocimiento a que existen con nosotros y con el mismo derecho.
Gaius no entendió sus palabras; no era capaz de procesar lo que estaba viviendo. Se quedó en blanco y así, como un sonámbulo que pasea torpemente por la habitación, sacó de un cajón el anillo que tanto tiempo había estado esperando utilizar cuando fuera nombrado funcionario en Roma; un regalo de aquel maestro que nunca regresaría y que él atesoró con el único objetivo de mostrarlo al mundo cuando fuera digno de él.
No se sentía así, pero a su estado mental ahora no le importaba ni lo que él hubiera sentido alguna vez ni lo que significaba en cuanto a degradación de aquel sello.
La cera aún estaba caliente cuando la presionó con su anillo. Pudo notar cómo cedía antes de endurecerse.
Ese fue el estreno soñado por Gaius de su funcionariado.
Cuando el principal se fue, lloró.
La actividad volvió a casa de Gaius. Había desaparecido de la vida pública, como en sus mejores tiempos de estudiante, pero ahora no estudiaba. Trabajaba.
La convivencia entre godos y romanos seguía siendo frágil, pero estable. El vicus funcionaba, pero lo hacía sobre acuerdos implícitos, miradas esquivas y silencios prolongados. Faltaba algo que fijara ese equilibrio.
Gaius fue el encargado de reunir las leyes que afectaban a ambos pueblos. Con el consentimiento de los principales y tras hablar con el reiks, comenzó a transcribirlas una a una, respetando cada disposición, pero llevándolas a un latín comprensible, sin artificios ni tecnicismos. Una versión que pudiera leerse en voz alta sin perder el sentido.
Al principio le resultó casi ofensivo. La ley, tal como la había aprendido, no estaba pensada para ser explicada, sino aplicada. Sin embargo, cuanto más avanzaba, más convencido estaba de que aquel esfuerzo no la debilitaba. Al contrario, la hacía reconocible.
Durante esos días volvió a sentarse ante la mesa con la seguridad de quien cumple una función necesaria. Por primera vez en mucho tiempo, creyó estar haciendo exactamente aquello para lo que se había preparado.
Gaius finalizó el trabajo. Estaba satisfecho. Aún debía darle un último repaso para asegurarse de que todo estaba en su sitio, aunque sería ya el cuarto.
El tiempo fuera era agradable y él llevaba mucho sin salir. Decidido, salió de casa y fue a pasear por el vicus para comprobar cómo se desenvolvía antes de la llegada de su trabajo, el que debería estructurar la convivencia de cada uno de los habitantes de aquel lugar.
Absorto como estaba mirando todo lo que ya casi se le había olvidado, no se percató de que Aemilia llevaba un buen rato mirándolo a escasa distancia.
—Perdona, Gaius, me costaba creer que fueras tú.
Gaius regresó a la realidad y buscó las palabras para hablar con Aemilia. Lo que en otro tiempo era natural, ahora costaba un mundo.
—Me apetecía dar un paseo y ver… cómo estaba todo.
Un silencio se hizo presente.
—Estamos sopesando opciones… Titus y yo, me refiero.
Gaius torció el gesto cuando vio por dónde iba el asunto.
—No podemos seguir haciendo frente a los gastos de las tierras. Titus se ha deshecho ya de todo lo que tenía y yo no tengo nada que valga un sestercio.
—¿Pensáis iros?
—Sí. Queremos casarnos, pero sin un lugar donde formar nuestra familia, no es posible. Será en casa de mi padre y luego nos iremos… Nos han dicho que en la civitas Titus puede ganarse el sustento, así que estaremos bien.
Gaius quería preguntar acerca de las tierras y la vivienda del viejo, pero no se atrevía. Aemilia, que, a pesar de todo lo pasado, seguía leyéndolo a la perfección, quiso ahorrarle el apuro.
—Parece que al final el supuesto familiar se saldrá con la suya… Si no se le adelanta una familia de godos.
Se despidió con una leve sonrisa que ocultaba su sentimiento verdadero. Gaius no quiso verla alejarse.
Gaius miraba el techo. Tumbado sobre la cama, es lo que había estado haciendo desde que acabó. Entonces era aún de día y ahora empezaba a ser complicado distinguir cada veta de las vigas que sostenían el tejado.
En esta ocasión, el principal que había estado pendiente del proceso no vino solo, le acompañaba Wulfila, con un aspecto más aseado que la primera vez que lo vio. Se notaba la influencia que los unos habían tenido sobre los otros.
—¿Estos son los documentos? —preguntó el principal.
Gaius se incorporó en ese momento y se dirigió a su mesa.
—Sí, está todo aquí.
Wulfila echó un rápido vistazo a lo primero que vio.
—Has hecho un gran trabajo, joven. El waihs tiene suerte de contar contigo.
Gaius pareció despertar al oír aquella palabra con la que los godos se referían a su vicus, pero no reaccionó.
—Ahora ya podemos estudiarlos e iniciar una nueva era de convivencia. Todo será mejor a partir de ahora para todos.
—Para todos… —murmuró Gaius sin que los otros dos hombres lo oyeran.
—¿Qué ocurre, Gaius? ¿Hay algo mal?
—Mal… ¡Sí! Acabo de recordarlo… Lo dejé para las correcciones finales y se me ha pasado. Lo siento. He estado algo despistado…
—¿Quieres echarle un último vistazo? —preguntó Wulfila, que parecía ver más allá de lo que él mostraba—. No temas; aquí todo el mundo confía en ti.
—¿Podría? Lo tendré antes de medianoche.
A solas, Gaius volvió a sus documentos. Las manos le temblaban, no de emoción, sino de miedo, mientras buscaba el párrafo que siempre había defendido. Lo que iba a hacer era una traición a todo en lo que creía, pero debía ser sutil; podía añadir algo breve, había espacio, como si su mente ya hubiera sabido que este momento llegaría.
Como había prometido, Gaius les entregó a tiempo la colección de documentos que sería la nueva base de sus leyes y ya pudo alejarse de su mesa, donde descansaban sus útiles y el anillo con el sello que aún estaba manchado.
La lectura se estaba realizando en la casa del viejo centurión. Al fin, después de tanto tiempo, volvía a ser abierta. En ese día, uno de los reclamantes se haría con ella.
Con el fin de ofrecer una mayor sensación de objetividad, el encargado de leer sería Wulfila.
Sobre la transmisión de bienes tras la muerte de su poseedor.
Cuando un hombre muera, sus tierras, casas y bienes pasarán solo a quien conste como heredero en documento escrito, registrado y sellado por funcionario romano reconocido.
Si no existiera tal documento, ni sello válido que lo confirme, los bienes pasarán al familiar más cercano que los reclame, siempre que no haya oposición fundada y quede constancia de su parentesco.
Y si, en el momento de la muerte, el poseedor manifestó de forma clara su voluntad ante testigos, y esta fue aceptada sin disputa por quienes estaban presentes, dicha voluntad será tenida por válida aunque no conste documento sellado.
Los lamentos no llegaron de Titus ni Aemilia, sino del familiar.
Ellos permanecieron inmóviles, como dos estatuas aún sin pulir, y solo recuperaron el color cuando comprendieron que la casa y todo lo que la rodeaba era, por fin, suyo.
Los vecinos se echaron sobre Titus para felicitarlo, pero Aemilia logró escabullirse. Tenía que compartirlo con Gaius; solo ella podía entender el vía crucis moral que había recorrido para que ellos fueran felices.
No llamó, entró.
La casa, por primera vez ordenada y recogida, estaba vacía.
De Gaius solo quedaba lo que siempre lo había definido: sus documentos, sus tablillas y su sello, ya limpio.
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